jueves, 18 de enero de 2018

QUIJOTES NEGROS DE SANDINO BURBANO

       Bien dijo Vargas Llosa, parafraseándolo, que el Quijote es, ante todo, un tipo enjuto, armado de forma risible y montado en un caballo flaco, acompañado de un escudero regordete y su asno. Imagen que desborda la literatura como símbolo arquetípico, incluso como personajes populares que pululan fuera del libro que les dio la vida.

    Por eso, intentar identificar una similitud entre el Quijote literario y lo que se muestra en la película de Sandino Burbano, Quijotes Negros, es un trabajo no solo ocioso, sino digno de un sofista. 

    El problema del desplazamiento y desfiguración del signo amerita un análisis en otro artículo. Por ahora, baste decir que la película de Burbano pretende desde un inicio presentarse como un universo lleno de significación: así, el personaje principal lleva el nombre de Sancho, es gordo y viste un atuendo andino desvirtuado y con un juego de colores complementarios, trabaja vendiendo pollos con cabeza de cerdo y dedica sus tiempos libres a intentar torpes injertos de flores. Entonces irrumpe el otro personaje principal, el enano con la cabeza afeitada quien viste siempre un overol amarillo y carga una enorme pelota. No hay duda sobre su calidad de actantes estereotípicos.

     El problema radica cuando el signo: Sancho, rojo/verde, pollo/cerdo, rosa/girasol, son utilizados con un evidente capricho de caracterización. Es decir, que no trascienden más que en el planteamiento del estereotipo.
   El objeto del deseo, la reina y la princesa, aparecen de forma inverosímil y, de esta misma manera, son raptadas por los dos actantes principales. Al rededor de ellas se teje un deseo sin asidero, que sale de la casualidad y anega en el olvido todos los intentos de significación en el punto de arranque. Lo que perjudica la unidad semántica. Los caracteres de los estereotipos irrumpen en una realidad sin desfiguración (un Quito cotidiano) y, como no logran apropiarse ni derramar su extrañeza sobre lo cotidiano (a causa, sobre todo, de un exceso de ridiculización) convierten a estos actantes en dos entes grotescos, cuya presencia choca en ese contexto.

   La película está llena de estos despropósitos estériles: el sacerdote que persigue a Sancho y al enano, únicamente para devolver la pelota (de la cual, después, todos se olvidan); el testigo que mira la televisión de forma colpulsiva, sin que esto sirva más que como un recurso explicativo hacia el público. Y, sobre todo, las relaciones semióticas desaprovechadas con el uso de dos símbolos universales poderosos: Sancho y Quijote.

    Se puede argüir que el fin de la película es la parodia (sin embargo, recuérdese que la parodia parte de la lectura hiperbólica de un objeto concreto; por tanto, no se puede parodiar el objeto gato con la representación de un lápiz hiperbólico) y acaso la película quede como un intento epigonal del Chavo del Ocho. Se puede argumentar, así mismo, que quiere jugar con lo absurdo; pero los breves instantes de absurdo y repugnancia que logra (la boda) son fichas sueltas en el marco general de su diégesis. 
      Por otro lado, el absurdo también tiene sus propias reglas, muy definidas y sólidas. Veáse casos concretos donde, sobre todo en la literatura, se logra la configuración de universos absurdos portentosos: Ferdidurke de Witold Gombrowicz; cosa que no logra la película de Burbano a causa, probablemente, del mal de ciertos padres de las artes nacionales, el folclore o, de plano, el mal costumbrismo.

      Por otro lado, es inevitable recordar lo que alguien me dijo sobre la significación cinematográfica: un guion puede tener significación, pero carecer de amenidad. Lo que me leva a revertir el dictamen. Bajo esta premisa, es indudable que la cinta, durante algunos instantes en la sala de cine, provocó algunas risas. Por lo tanto, habrá a quien le parezca que Quijotes Negros es una joya del humor ecuatoriano.

  Quijotes Negros, película posmoderna, hecha solo para ecuatorianos que no han leído el Quijote; a medias entre la parodia, entre lo grotesco, entre la crítica política; pero que, finalmente, no concreta nada.

martes, 16 de mayo de 2017

LA IMPOSIBILIDAD DEL OLVIDO

Ella me dijo deja ese sitio

Ya encontraremos algo

Y yo vi brillar en una lágrima la vida

Y yo vi brillar en una puta lágrima la vida

Y ni cuando sale el sol brilla tanto un cristal

Como cuando ella me dijo que lo deje

Pero yo sigo aquí y digo mañana

Todos los días digo mañana

Y quizá pronto se haga de noche

Y por más que gima y recuerde

La escuela o piense en el ataúd de mi madre

O en el olvido de mi hijo

O en el océano infinito

O en su último beso que algún día ocurrirá

Y así sienta correr

La pena

Ya nada brillará

Y si me alcanza la absoluta oscuridad

Y si no me envuelven ni siquiera las lágrimas

Puede que sea demasiado tarde

Para abandonar este sitio

Será un trabajo abandonarme

Y no hay nada que madure mejor la muerte

Que la imposibilidad del olvido