lunes, 16 de enero de 2017

EL MITO

nos hallamos entre la maleza

cuando me adentré en el bosque a mear

su canto era como el que escuchó Odiseo

atado con el hilo de la prudencia

una ninfa de los eucaliptos

bordada en la hierba

se asustó y plegó sus

alas entre la cucarda

trastocó su melodía

en el cascabel de la víbora

pero di dos pasos y ella pudo contemplar mi

humildad inerme:

solo tengo el verbo le dije

y vi sus ojos su piel como la luna temprana

los pequeños botones de sus

pechos donde picoteaba el quinde

vi sus pies acostumbrados al viento

desciende dije y le tendí mi mano

ven rogué y ella sonrió

<<muéstrame oh forastero lo desconocido

apuñálame con una nueva palabra>>

muchas veces he dicho <<carne>>

otras tantas he dicho <<lecho>>

pero esta vez precedió el trueno

a mi voz que cayó como semilla sobre

el campo cuando la lluvia anunciada

goteó desde las ramas hacia sus mejillas

el frío endureció sus muslos

y cayó rendida a los pies del árbol

no pude sostenerla

era como sostener una culpa

apenas con la yema de mi amor

rocé sus mejillas

<<oh forastero bebe sobre mi vientre

ya que el cielo precipita la vida

y solo queda el olvido>>

emergió de entre el heno una tropa

de gusanos que procedió a devorarla

como a un durazno

nada quedó del mito

tan solo un hombre emergiendo del descampado

y retornando a la calle bifurcada

viernes, 7 de octubre de 2016

MI NIÑO ESTÁ GRAVE


Dijeron que mi niño estaba grave. Al inició no lo podíamos creer. Un chequeo de rutina que abrió un telón donde por tres años hemos visto bailar al diablo. Le hicimos todos los exámenes, descartamos con metodología científica cada uno de los posibles tratamientos. Una enfermedad atroz. De golpe, el niño enflaqueció, su carita antes rozagante, se convirtió en un mal presagio. Su padre perdió el sueño y con el tiempo empezó a beber. Tuve que vender y empeñar todo, para poder pagar los analgésicos que requería mi niño. No había nada que se pudiera hacer. Un día, con lágrimas en los ojos, decidimos que sería el fin. No quedaba una sola cápsula, intenté mezclar el resto de jarabe con unas gotas de agua que nunca salieron del grifo. Tomé a mi niño en brazos y lo mecí al ritmo de su llanto. Lo arrullé contra mi pecho, mientras su padre retozaba en el suelo inconsciente. Lo besé a través de sus espasmos. Fue como un milagro, en un momento determinado, mi niño dejó de llorar y se quedó dormido, tan profundo que ni mis quejas al cielo lo despertaron. Pasaron quizá cinco horas. Su padre se incorporó y con sus brazos, con su calor olvidado, nos cobijó. El diablo se fue a dormir y el telón se cerró. Así fue como una mañana, mi niño ya caminaba por la casa e intentaba pronunciar el nombre de su padre, quien consiguió un empleo en la biblioteca municipal. Yo cocinaba mellocos mientras lo veía reponerse. Poco a poco íbamos recuperando el pasado y conquistando un hogar feliz. Pero resulta que, cuando pudimos asistir con mi niño a una nueva consulta, el médico exaltado nos dijo: <<Son unos irresponsables. ¿Por qué le han quitado la medicina? ¿Qué no ven que está grave?>>